Del Vive Latino al Estéreo Picnic: Crónica de un maratón de rock, nostalgia y cerveza en Colombia

Terminó el Vive Latino en México, descansamos una hora (o eso intentamos) y volamos directo a Bogotá. Cinco días de festival en menos de diez días. Así de rápido cambiamos el chip y nos fuimos de rumba a Colombia para asistir al Festival Estéreo Picnic.

Este monstruo bogotano es un poco diferente a nuestro querido Vive Latino. Acá, en su lineup conviven sin broncas el rock, el reggaetón, la electrónica y un surtido tan variado que hasta la Tigresa del Oriente se subió a cantar el sábado.

Hay algo en la esencia del FEP que me llama mucho la atención: entre el pueblo colombiano dicen que es un festival «para los ricos». Y la verdad, me hace pensar que tal vez nosotros en México ya estamos normalizando precios absurdos por un show. Ojalá eso cambie en nuestro país. Otra ventaja de allá: la afluencia de gente es menor que en un festival masivo chilango, lo que te permite desplazarte con una comodidad increíble de escenario a escenario.

La previa: El Campín y el Chorro de Quevedo

Aunque iba en específico al festival, Colombia te llama a rumbear a diario. El martes que llegué tuve la oportunidad de ir al Estadio El Campín a ver el súper clásico: Millonarios vs. Nacional. Un encuentro que desde antes de aterrizar ya sabíamos que traería desmadre. En Bogotá las cosas son serias: no pueden llegar aficionados del Nacional, y quien tenga el valor de infiltrarse es sacado a golpes. El estadio estaba completamente pintado de azul. Esa noche el equipo local se llevó la victoria y la adrenalina nos quedó a tope en las venas.

Estar en Colombia no te deja estar quieto. Al otro día nos lanzamos al Chorro de Quevedo, un rinconcito bohemio en el centro de Bogotá que en un símil sería como nuestro Tepoztlán: vibra de pueblito, calles empedradas y bar tras bar.

Día 1: Las decepciones y las sorpresas

Llegaba el primer día y esperaba ver a Las Wawas (The Warning), nuestras niñas regias, pero como suele pasar en los festivales, nos cambiaron el horario y me las perdí. Aún así, hubo actos que me volaron la cabeza, como la argentina SixSex con su reggaetón cachondo, que sirvió de calentamiento antes de ver el nuevo punk que trae Turnstile. Aunque ya los he visto un par de veces, su energía sigue siendo una maldita locura.

De ahí pasamos a Lorde, quien pronto estará en nuestro país. La verdad, trae un show impecable que vale cada centavo. Tristemente no puedo decir lo mismo de Tyler, The Creator; para ser el acto estelar dejó mucho que desear. Me dio un poco de lástima por mis amigos en México que irán al Palacio de los Deportes a verlo, porque el show estuvo bastante aburrido.

Día 2: Slam de exportación y cantinas bogotanas

Antes de adentrarnos al festival nos topamos con unos amigos colombianos: la banda Microfunk [(Lee más sobre ellos aquí)]. Nos estuvimos echando unas cervezas Poker y Águila banqueteras, compartiendo risas, anécdotas y haciendo planes a futuro para armar un puente musical México-Colombia. Neta, espero que lleguen a nuestro país muy pronto.

Las horas volaron y terminamos en un bar de barrio que me recordó muchísimo a las calles de Donceles o Tacuba en el Centro Histórico. Ahí vimos a otros amigos mexicanos que andaban tocando ska: La Dama Juana. Mis compas, el «Pollo» y Kamy, saben que amo este género y me pidieron que le entrara al slam. Le hice señas a Kamy Rock para que me grabara, aventé mi camisa y me metí a repartir empujones amigables con los colombianos que se atravesaron en mi baile. Las caras de sorpresa de todos fueron épicas. Al bajar del escenario, los integrantes de la banda hasta me agradecieron por prender el desmadre. ¡Hice un slam fuera de México! (Ojalá puedan ver el video en nuestro Instagram, seguro se van a reír mucho).

Día 3: Nostalgia pop, guitarrazos y pizzas baratas

Para no hacerles el cuento largo, vámonos pal’ domingo. Sentía que sería mi mejor día. Pude ver a Lasso, y aunque es pop, este show era especial. La canción con la que cierra («Ojos Marrones») me recordó a Gaby Colmenero, la niña con quien iba a este tipo de conciertos y que hace un año, precisamente, vimos juntos en México en el Tecate Emblema. Sí, ella es mi chica de ojos marrones a quien espero volver a ver algún día, porque como dice la rola: «nada es igual sin sus ojos marrones».

De ahí tenía que cambiar el chip, sacarme a Gaby de la cabeza y meterle distorsión al alma. Por fortuna, Viagra Boys iniciaba su show. Esos vatos malandrines que se hicieron músicos nunca defraudan. Pero tuve que dejarlos a medias para ir a ver a Macario Martínez, otro mexicano en el festival que, sorpresivamente, hizo cantar a todos en el escenario Lago. Fue hermoso ver a los colombianos coreando las rolas de mi amigo.

Me lancé a la carpa de prensa para hacer unas entrevistas. Platiqué con ElNiko Arias y Manú sobre sus propuestas, pero el plato fuerte fue sentarme con Lasso (quien me contó su historia de amor mientras yo le contaba la mía) y con Macario, quien nos expresó lo que se siente llenar un escenario lejos de su México. (Pronto podrán ver esos fragmentos en el Instagram de Revista Kuadro).

Corrí para ver a Paul Banks y compañía. Interpol nos sorprendió con un nuevo baterista, Urian Hackney, quien se unió a la gira debido a que Sam Fogarino sigue fuera por temas personales. Siempre es un deleite cantar sus grandes éxitos.

Hablemos de comida: Después de Interpol, pasé por un par de chelas y una pizza. Cabe mencionar que la comida allá es mucho más vasta y justa. Una pizza tamaño mediano (mínimo 4 rebanadas de buen tamaño) te cuesta $20,000 pesos colombianos (unos $100 pesitos mexicanos). ¡Aquí nos la dejan caer en $120 por una triste rebanada fría! Lo mismo con el latón de cerveza, que rinde mucho más de lo que nos venden en México.

El contraste final: De Deftones al mundo rosa de Sabrina Carpenter

Con la panza llena, caminé a buen paso para ver a Deftones. Aunque los había visto meses atrás en el Corona Capital, esta vez los aprecié mucho mejor. Su rock explosivo nos hizo brincar cabrón, algo que no se veía tanto en el festival por el enorme contraste del público; muchos estaban ahí estáticos, simplemente esperando la llegada de «la Barbie»: Sabrina Carpenter.

Y vaya que cumplió. Con un pop muy comercial y una escenografía espectacular, Sabrina cautivó a todos. Ver este fenómeno en vivo te hace entender su popularidad: su sensualidad radica en ser bonita sin caer en lo vulgar. Las niñas de hoy quieren ser ella, y se notaba en la cantidad de asistentes vestidas de rosa, en esa búsqueda por querer ver el mundo color de rosa. Fue una gran experiencia.

El cierre: Bolirana y banquetas

Con Sabrina cerramos esta edición y regresamos al barrio de Chapinero. Dormimos un rato y por la tarde volvimos a ver a nuestros amigos de Microfunk para tomar cervezas y jugar un rato a la bolirana. Para los que no saben, este es el deporte de cantina por excelencia en Colombia: consiste en aventar pesados balines de acero hacia una caja de madera desde varios metros de distancia, intentando meterlos en la boca de una rana de metal o en los huecos numerados para sumar puntos en un tablero electrónico que hace un ruido infernal cada vez que aciertas. Pura diversión de barrio.

La noche fue cayendo, nos corrieron del bar, pero como a nosotros nada nos detiene, terminamos bebiendo sentados en la banqueta del Chorro de Quevedo.

Así fue mi Estéreo Picnic: de fresear viendo a Lorde y Sabrina Carpenter, a meter un slam sudoroso y terminar bebiendo en la banqueta. Si alguna vez tienen la oportunidad de ir a Colombia, no la desaprovechen. Y qué mejor si es para ir a un festival y hacer amigos en otras partes del mundo.

Por ERICK DUARTE

Melómano, Apasionado de los Conciertos y la Cerveza // Aun me gusta meterme al slam y volar entre la gente // Estudie Management y Periodismo Musical // Licenciado en Informática (IPN)