A sus 40 años de trayectoria, Javier Corcobado se encuentra en un momento de lucidez creativa inusual. El «Duque del Ruido» celebra cuatro décadas de carrera con un ambicioso disco doble, Solitud y Soledad, y una obra monumental: Canción de Amor de un Día, un tema que dura exactamente 24 horas.
Previo a su esperado regreso al Teatro Metropólitan, platicamos con el músico español sobre cómo ha transformado la rabia de sus inicios en una elegante introspección, su decisión de dejar el alcohol hace tres años y su profunda y poética fascinación por la muerte.
Rock & Historias: En una época donde la industria exige estribillos de dos minutos y no tomar riesgos, tú lanzas un disco doble inédito, reversiones y hasta un libro con una canción en USB que dura 24 horas. ¿Cómo asumes esta postura frente a la industria actual?
Javier Corcobado: Yo intento explorar territorios desconocidos. Quizá mi obra más arriesgada es Canción de Amor de un Día, esta obra de 24 horas que tardó siete años en producirse. Sin embargo, con el disco doble Solitud y Soledad, que es el número 20 de mi carrera y celebra mi 40 aniversario, quería hacer algo más directo, un disco muy pop. Quería hacer canciones en las que puedas contar una gran historia en muy poco tiempo. He utilizado a mi banda de directo actual para grabar todo; quería que tuviera un sonido muy rock. Aunque me hayan llamado raro, yo siempre he dicho que hago rock and roll.
Rock & Historias: Hablando de los conceptos del disco, ¿esta obra salió más de la paz de la «solitud» o de la herida de la «soledad»?
Javier Corcobado: Salió más de la solitud porque es el presente que estoy viviendo. Considero que envejecer, si mantienes el hambre creativa y te cuidas, es una evolución. He querido evolucionar con mis canciones; si no lo hago, me aburro y aburro a mi público. El presente es «solitud» porque es un diálogo conmigo mismo desde la madurez. La «soledad» son mis canciones antiguas, de cuando era más joven y vivía intensamente el abandono y el desamor. Esas letras que tienen que ver con el bolero o la ranchera, donde te quieres emborrachar hasta la muerte. Las canciones antiguas representan la soledad y las nuevas la solitud.

Rock & Historias: Para la parte de «Soledad», reversionaste temas con artistas como Alaska y Andrés Calamaro. Ambos vienen de caminos distintos en la industria. ¿Cómo fue ese encuentro?
Javier Corcobado: Con Alaska hicimos “Dame un beso de cianuro”. Ella había hecho hace siete años una versión muy electrónica de mi canción “Coches de Choque” con Fangoria, y me fascinó. Cuando decidí regrabar este tema, mi mente se fue directo a ella. Aunque llevamos caminos distintos, en las letras de Fangoria también hay mucho desamor tratado de forma poética. Recién la cantamos en vivo en Madrid y fue espectacular. Con Andrés Calamaro hicimos “Susurro”. Somos amigos desde los años 90; vivíamos en el mismo barrio en Malasaña. Lo elegí porque una vez lo vi abrirle a Bob Dylan cantando tangos con una voz muy grave, y yo quería esa voz. Quedó como dos hombres cantando una canción hermosa contra las guerras y los engaños, diciendo que lo único que podemos hacer es susurrar una canción de amor.
Rock & Historias: Regresas a México al Teatro Metropólitan por cuarta ocasión en tu carrera. Si comparamos esto con los antros oscuros y ruidosos donde empezaste, ¿cómo asimilas este escenario hoy?
Javier Corcobado: Llevo 45 años tocando en directo y te aseguro que he tocado en tugurios muy oscuros, muy punk, muy peligrosos, para gente muy loca y ebria. Pero también he tocado en teatros de prestigio y festivales inmensos. Yo siempre he mantenido que, si hago un concierto para 300 personas, voy a dar el 100% igual que si lo hago para 50,000. Para el Metropólitan, además de reunirme con mi banda de allá (con músicos de San Pascualito Rey, entre otros), queremos convertir el escenario en la sala de tu casa. Queremos estar cómodos, pero transmitirle mucha fuerza al público y llevarlos hacia nuestro propio hogar.
Rock & Historias: En la madrugada escuchaba tu disco y recordaba que en tu discografía la muerte siempre está presente. No como un final trágico, sino como una compañera. En una sociedad obsesionada con la eterna juventud, ¿hablar de la muerte es para ti un acto de rebeldía o una forma de celebrar la vida?
Javier Corcobado: A mí me encanta el concepto de la muerte que tienen en México. Me gusta esa idea de celebrar cuando se va el ser querido y que no sea olvidado, porque si es olvidado es cuando realmente muere. Yo soy muy partidario de esas creencias. La muerte tiene dos acepciones: es un final, pero también es un principio. Yo digo que la música es la droga más fuerte que hay, y dentro de la música y la poesía, la muerte siempre tiene que estar porque debe haber algo que te marque un principio y un final; si no, todo sería infinito y las obras de arte nunca acabarían. Hay que matar también ciertas cosas para ponerles fin. Cada día que me despierto creo que estoy preparado tanto para vivir como para morir.
Rock & Historias: Hace 40 años quizá invocabas a la muerte desde la rabia del post-punk. Hoy, con la elegancia de un artista maduro, dices en tu nueva canción: «En la sombra de una copa os regalo todo el vino». ¿Ya te despediste de los excesos?
Javier Corcobado: Fíjate que dejé de beber, llevo tres años sin tomar. Me ha venido muy bien, ahora tengo mejor forma en el escenario y me puedo mover mejor. Pero no importa que la gente celebre. En esa canción digo: «En la sombra de una copa brinden por mí, amigos». Yo le dije adiós a los caballitos de tequila, e incluso pensé en ya no cantar «Caballitos de anís», pero el otro día me hicieron cantarla (risas). Es un temazo y hay que bailarla.

